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Directivas Pastorales I


 
Seguimos con el desarrollo de este párrafo:
El acompañamiento debe alentar a los esposos a ser generosos en la comunicación de la vida. «De acuerdo con el carácter personal y humanamente completo del amor conyugal, el camino adecuado para la planificación familiar presupone un diálogo consensual entre los esposos, el respeto de los tiempos y la consideración de la dignidad de cada uno de los miembros de la pareja. En este sentido, es preciso redescubrir el mensaje de la Encíclica Humanae vitae (cf. 10-14) y la Exhortación apostólica Familiaris consortio (cf. 14; 28-35) para contrarrestar una mentalidad a menudo hostil a la vida [...]  -Papa Francisco, AL 222.


La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad  
En el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre. Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. 
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral; conoce bien su situación, a menudo muy ardua y a veces verdaderamente atormentada por dificultades de todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe que muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la realización concreta, sino también para la misma comprensión de los valores inherentes a la norma moral. 
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamas la verdad. En efecto, está convencida de que no puede haber verdadera contradicción entre la ley divina de la transmisión de la vida y la de favorecer el auténtico amor conyugal [Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Gaudium et spes, 51]. Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi predecesor: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas» [Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 29]. -Papa Juan Pablo II, FC 33.
 
Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal. 
... No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulación de la natalidad
Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla no se limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel, sino que siempre mira el destino eterno de los hombres. -Concilio Vaticano II, GS 51.
  
No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar [Cfr. Jn., 3, 17], El fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas. 
Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor. Hablad, además, con confianza, amados hijos, seguros de que el Espíritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento. Enseñad a los esposos el camino necesario de la oración, preparadlos a que acudan con frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, sin que se dejen nunca desalentar por su debilidad.  -Papa Pablo VI, HV 29. 
 
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo y su sabiduría solamente desarrollando un compromiso tenaz y valiente en crear y sostener todas aquellas condiciones humanas —psicológicas, morales y espirituales— que son indispensables para comprender y vivir el valor y la norma moral
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación [Cfr. Ibid., 25]. Confortados así, los esposos cristianos podrán mantener viva la conciencia de la influencia singular que la gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también sobre su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y correspondido por los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana según el plan de Dios y como signo del amor unitivo y fecundo de Cristo por su Iglesia. -Papa Juan Pablo II, FC 33.

No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los cónyuges cristianos; para ellos como para todos "la puerta es estrecha y angosta la senda que lleva a la vida" [Mat., 7, 14; cfr. Hebr., 12-11]. La esperanza de esta vida debe iluminar su camino, mientras se esfuerzan animosamente por vivir con prudencia, justicia y piedad en el tiempo [Cfr. Tit., 2, 12], conscientes de que la forma de este mundo es pasajera [Cfr. I Cor., 7, 31].
Afronten, pues, los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por la esperanza que "no engaña porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Espíritu Santo que nos ha sido dado" [Rom., 5, 5]; invoquen con oración perseverante la ayuda divina; acudan sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucaristía. Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia. -Papa Pablo VI, HV 25

Pero entre las condiciones necesarias está también el conocimiento de la corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En tal sentido conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento se haga accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas jóvenes, mediante una información y una educación clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de expertos. El conocimiento debe desembocar además en la educación al autocontrol; de ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad y de la educación permanente en ella. Según la visión cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena
Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo más que escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos cuando en su encíclica escribió: «El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos» [Ibid., 21].  -Papa Juan Pablo II, FC 33. 

Es siempre muy importante poseer una recta concepción del orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta, cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para respetarlos. 
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su felicidad. 
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento. 
También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados a un continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de conocer cada vez mejor los valores que la ley divina tutela y promueve, y por la voluntad recta y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas. 
Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. «Por ello la llamada "ley de gradualidad" o camino gradual no puede identificarse con la "gradualidad de la ley", como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad» [Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8]. En la misma línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los esposos reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae vitae como normativa para el ejercicio de su sexualidad y se comprometan sinceramente a poner las condiciones necesarias para observar tal norma. 
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda la vida conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe estar integrada en la misión global de toda la vida cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar a la resurrección. En semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de la vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de corazón, a fin de que el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente de gozo íntimo. -FC 34.

Los padres sinodales conocían muy bien las graves dificultades que muchos esposos sienten en sus conciencias acerca de las leyes morales relativas a la transmisión y a la defensa de la vida humana. Conscientes de que todo precepto divino lleva consigo la promesa y la gracia, los padres sinodales han confirmado abiertamente la validez y la verdad firme del anuncio profético, dotado de un profundo significado y en consonancia con la situación actual, contenido en la Carta Encíclica Humanae vitae... 
Los padres sinodales, dirigiéndose a los que ejercen el ministerio pastoral en favor de los esposos y de las familias, han rechazado toda separación o dicotomía entre la pedagogía, que propone un cierto progreso en la realización del plan de Dios, y la doctrina propuesta por la Iglesia con todas sus consecuencias, en las cuales está contenido el precepto de vivir según la misma doctrina. No se trata del deseo de observar la ley como un mero "ideal", como se dice vulgarmente, que se podrá conseguir en el futuro, sino como un mandamiento de Cristo Señor a superar constantemente las dificultades. En realidad no se puede aceptar un "proceso de gradualidad", como se dice hoy, si uno no observa la ley divina con ánimo sincero y busca aquellos bienes custodiados y promovidos por la misma ley. Pues la llamada "ley de gradualidad" o camino gradual no puede ser una "gradualidad de la ley", como sí hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina, para los diversos hombres y las distintas situaciones. Todos los esposos están llamados a la santidad en el matrimonio, según el plan de Dios, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad-Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8.

Este camino exige reflexión, información, educación idónea de los sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a los esposos en su itinerario humano y espiritual, que comporta la conciencia del pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y el ministerio de la reconciliación. Conviene también tener presente que en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de dos personas, llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y de comportamiento. Esto exige no poca paciencia, simpatía y tiempo. Singular importancia tiene en este campo la unidad de juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad debe ser buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no tengan que sufrir ansiedades de conciencia [Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 28]. 
El camino de los esposos será pues más fácil si, con estima de la doctrina de la Iglesia y con confianza en la gracia de Cristo, ayudados y acompañados por los pastores de almas y por la comunidad eclesial entera, saben descubrir y experimentar el valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone-FC 34.


En primer lugar no hay que trampear con la doctrina de la Iglesia tal como ha sido claramente expuesta por el Magisterio, por el Concilio, por mis predecesores; pienso sobre todo en la Encíclica Humanae vitae de Pablo VI, en su discurso a los Equipos de Nuestra Señora, el 4 de mayo de 1970, y en otras numerosas intervenciones suyas. Es hacia este ideal de relaciones conyugales nobles y respetuosas de la naturaleza y finalidades del acto matrimonial, hacia donde hay que tender sin cesar las aspiraciones, y no a una concesión más o menos amplia, más o menos confesada, a las teorías y la práctica ele los usos anticonceptivos. Dios llama a los esposos a la santidad del matrimonio, para bien de ellos mismos y en pro de la calidad de su testimonio. Papa Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de Liaison des Equipes de Recherche, 6

Una vez que este punto quede firme por obediencia a la Iglesia —y es honor vuestro mantenerla, cueste lo que costare—, no es menos importante ayudar a los matrimonios cristianos y a los otros, a fortificar las propias convicciones buscando con ellos razones hondamente humanas para actuar de este modo. Es bueno que comiencen a comprender cómo esta ética natural corresponde a la antropología bien entendida, a fin de esquivar las manipulaciones de una opinión pública o una ley permisiva, e incluso para contribuir en la medida de lo posible, a sanear esta opinión pública. Muchos elementos de reflexión pueden contribuir a forjarse convicciones sanas que ayuden a reforzar la obediencia del cristiano o la actitud del hombre de buena voluntad. Y sé también que ésta es una parte importante de vuestra tarea educativa. Por ejemplo, en una época en que tantas corrientes ecológicas piden respeto a la naturaleza, ¿qué pensar de la invasión de procedimientos y sustancias artificiales en este terreno eminentemente personal? Sustituir con técnicas el dominio de sí, la renuncia propia en favor del otro, y el esfuerzo común de los esposos, ¿no marca retroceso en lo que constituye la nobleza del hombre? ¿No vemos que la naturaleza del hombre está subordinada a la moral? ¿Hemos medido todo el impacto del rechazo del hijo, rechazo incesantemente acentuado, sobre la sicología de los padres, ya que éstos llevan inscrito en su naturaleza el deseo del hijo? ¿Y el alcance de este rechazo en el porvenir de la sociedad? Y, ¿qué pensar de una educación de los jóvenes a la sexualidad que no les ponga en guardia contra el afán de placer inmediato y egoísta, disociado de las responsabilidades del amor conyugal y la procreación? Sí, es necesario educar de muchas maneras al amor verdadero para evitar que el tejido moral y espiritual de la comunidad humana se degrade en este punto capital a base de ideas engañosas o falseadas. -Idem, 7.
El respeto de la vida humana ya concebida forma parte evidentemente, y a título particular, ele las convicciones que se han de aclarar y fortificar. Es un punto en el que la responsabilidad del hombre y la mujer les debe llevar a acoger y proteger el ser humano del que han sido los procreadores y a quien jamás tienen el derecho de eliminar; es un terreno donde el ambiente, la sociedad, los médicos, los consejeros matrimoniales y los legisladores tienen el deber de permitir que tal responsabilidad se ejerza siempre en la dirección del respeto de la vida humana, no obstante las dificultades y proporcionando a la vez ayuda mutua en casos de dificultad. Es un punto sobre el que la Iglesia se ha pronunciado unánimemente en todos los países, de modo que no hay necesidad de insistir. La legalización del aborto podrá llevar fatalmente a muchos a no sentir este respeto y responsabilidad hacia la vida humana, infravalorando así una falta grave. Incluso es necesario añadir que la generalización de las prácticas anticonceptivas a base de métodos artificiales, lleva también al aborto pues ambos se sitúan, si bien a niveles diferentes, en la misma línea del miedo al hijo, rechazo de la vida, falta de respeto al acto y al fruto de la unión tal como la ha querido entre el hombre y la mujer el Creador de la naturaleza. Los que estudian a fondo estos problemas saben muy bien todo esto, muy al contrario de cuanto ciertos argumentos o ciertas corrientes ele opinión podrían inducir a creer. Se os felicita por lo que hacéis y haréis para formar las conciencias en este punto del respeto a la vida. -Idem, 8.

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