ENTRADAS MÁS VISTAS

9 ago. 2018

Los desafíos actuales de la pastoral familiar



  • Las familias católicas tienen menos hijos, con repercusiones en el número de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. 
  • Algunos católicos se alejan de la Iglesia para dirigirse a otros grupos que parecen prometer algo mejor. 
  • El aborto se suma al dolor de muchas mujeres, que ahora llevan en sí profundas heridas físicas y espirituales, tras haber cedido a las presiones de una cultura secular que disminuye el don de Dios de la sexualidad y el derecho a la vida de los hijos por nacer. 
  • Además, la tasa de separaciones y divorcios es alta, incluso entre las familias cristianas, y con frecuencia los hijos no crecen en un ambiente familiar estable. 
  • También observamos con gran preocupación, y no podemos dejar de deplorarlo, un aumento de la violencia en perjuicio de mujeres y niños. 
Todas estas realidades amenazan la santidad del matrimonio, la estabilidad de la vida familiar y, en consecuencia, la vida de la sociedad en su conjunto. En este mar de dificultades nosotros, obispos y sacerdotes, debemos dar un testimonio coherente de la enseñanza moral del Evangelio. 
Confío en que no disminuya vuestra determinación a enseñar la verdad «a tiempo y a destiempo» (2 Tm 4, 2), con el apoyo de la oración y del discernimiento, y siempre con gran compasión.

La santidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano, que a menudo se resquebraja bajo las enormes presiones del mundo secular, deben profundizarse a través de una doctrina clara y sostenerse mediante el testimonio de parejas casadas comprometidas. 

El matrimonio cristiano es una alianza de amor para toda la vida entre un hombre y una mujer; comporta sacrificios auténticos para evitar las nociones ilusorias de la libertad sexual y para favorecer la fidelidad conyugal. 

Vuestros programas de preparación para el sacramento del matrimonio, enriquecidos con la enseñanza del Papa Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia, se están revelando como instrumentos prometedores y, de hecho, indispensables para transmitir la verdad que libera acerca del matrimonio cristiano, y están infundiendo en los jóvenes una nueva esperanza para sí mismos y para su futuro como esposos y esposas, padres y madres.

9 abr. 2017

Textos bíblicos para las crisis familiares (Papa Francisco)


La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9). [Papa Francisco, Amoris Laetitia, 8]

La Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios «enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,4). [Amoris Laetitia, 22]

Ap 21,2-9:
2 Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. 3 Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. 4 Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».
5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas». Y agregó: «Escribe que estas palabras son verdaderas y dignas de crédito. 6 ¡Ya está! Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, yo le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. 7 El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo. 8 Pero los cobardes, los incrédulos, los depravados, los asesinos, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y todos los falsos, tendrán su herencia en el estanque de azufre ardiente, que es la segunda muerte».
9 Luego se acercó uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y me dijo: «Ven que te mostraré a la novia, a la esposa del Cordero».

Los Padres sinodales recordaron que Jesús «refiriéndose al designio primigenio sobre el hombre y la mujer, reafirma la unión indisoluble entre ellos, si bien diciendo que “por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así” (Mt 19,8). La indisolubilidad del matrimonio —“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6)— no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los hombres sino como un “don” hecho a las personas unidas en matrimonio [...] La condescendencia divina acompaña siempre el camino humano, sana y transforma el corazón endurecido con su gracia, orientándolo hacia su principio, a través del camino de la cruz. De los Evangelios emerge claramente el ejemplo de Jesús, que [...] anunció el mensaje concerniente al significado del matrimonio como plenitud de la revelación que recupera el proyecto originario de Dios (cf. Mt 19,3)». [Amoris Laetitia 62]

Mt 19,3-9:
3 Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?». 4 Él respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; 5 y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? 6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».
7 Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?». 8 Él les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. 9 Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio».

«Jesús, que reconcilió cada cosa en sí misma, volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original (cf. Mc 10,1-12). [Amoris Laetitia, 63]

Mc 10, 1-12:
1 Después que partió de allí, Jesús fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Se reunió nuevamente la multitud alrededor de él y, como de costumbre, les estuvo enseñando una vez más. 2 Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?». 3 El les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?». 4 Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella». 5 Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. 6 Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. 7 Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, 8 y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. 9 Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». 10 Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. 11 Él les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; 12 y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio».

La familia y el matrimonio fueron redimidos por Cristo (cf. Ef 5,21-32), restaurados a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del que brota todo amor verdadero. La alianza esponsal, inaugurada en la creación y revelada en la historia de la salvación, recibe la plena revelación de su significado en Cristo y en su Iglesia. De Cristo, mediante la Iglesia, el matrimonio y la familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el amor de Dios y vivir la vida de comunión. El Evangelio de la familia atraviesa la historia del mundo, desde la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) hasta el cumplimiento del misterio de la Alianza en Cristo al final de los siglos con las bodas del Cordero (cf. Ap 19,9). [Amoris Laetitia, 63]

«El ejemplo de Jesús es un paradigma para la Iglesia [...] Él inició su vida pública con el milagro en la fiesta nupcial en Caná (cf. Jn 2,1-11) [...] Compartió momentos cotidianos de amistad con la familia de Lázaro y sus hermanas (cf. Lc 10,38) y con la familia de Pedro (cf. Mt 8,14). Escuchó el llanto de los padres por sus hijos, devolviéndoles la vida (cf. Mc 5,41; Lc 7,14-15), y mostrando así el verdadero sentido de la misericordia, la cual implica el restablecimiento de la Alianza (cf. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 4). Esto aparece claramente en los encuentros con la mujer samaritana (cf. Jn 4,1-30) y con la adúltera (cf. Jn 8,1-11), en los que la percepción del pecado se despierta de frente al amor gratuito de Jesús». [Amoris Laetitia 64]

Jn 8, 1-11:
1 Jesús fue al monte de los Olivos. 2 Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. 3 Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, 4 dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?». 6 Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. 7 Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». 8 E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. 9 Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, 10 e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?». 11 Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».

Jesús llama a la puerta de la familia para compartir con ella la cena eucarística (cf. Ap 3,20). Allí, los esposos pueden volver siempre a sellar la alianza pascual que los ha unido y que refleja la Alianza que Dios selló con la humanidad en la CRUZ [Cf. Familiaris consortio, 57]. La Eucaristía es el sacramento de la nueva Alianza donde se actualiza la acción redentora de Cristo (cf. Lc 22,20). Así se advierten los lazos íntimos que existen entre la vida matrimonial y la Eucaristía. No olvidemos que la Alianza de Dios con su pueblo se expresa como un desposorio (cf. Ez 16,8.60; Is 62,5; Os 2,21-22), y la nueva Alianza también se presenta como un matrimonio (cf. Ap 19,7; 21,2; Ef 5,25). [Amoris Laetitia, 318]

Ap 19, 1-9:
1 Después oí algo parecido al clamor de una enorme multitud que estaba en el cielo, y exclamaba:
«¡Aleluya!
La salvación, la gloria y el poder
pertenecen a nuestro Dios,
2 porque sus juicios son verdaderos y justos.
Él ha condenado a la famosa Prostituta
que corrompía la tierra con su lujuria,
y ha vengado en ella la sangre de sus servidores».
3 Y volvieron a decir: «¡Aleluya! La humareda de la Ciudad se eleva por los siglos de los siglos». 4 Entonces los veinticuatro Ancianos y los cuatro Seres Vivientes se postraron para adorar a Dios, que está sentado en el trono, y exclamaban: «¡Amén, aleluya!».
5 Luego salió del trono una voz que decía: «Alaben a nuestro Dios, ustedes, sus servidores, los que lo temen, pequeños y grandes». 6 Y oí algo parecido al clamor de una enorme multitud, al estruendo de una catarata y al estallido de violentos truenos. Y decían:
«¡Aleluya!
Porque el Señor, nuestro Dios,
el Todopoderoso, ha establecido su Reino.
7 Alegrémonos,
regocijémonos y demos gloria a Dios,
porque han llegado las bodas del Cordero:
su esposa ya se ha preparado,
8 y la han vestido con lino fino
de blancura resplandeciente».
El lino simboliza las buenas acciones de los santos. 9 Después el Ángel me dijo: «Escribe esto: Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero». Y agregó: «Estas son verdaderas palabras de Dios»

18 oct. 2016

¿Qué significa la frase del Papa "la Eucaristía no es un premio para los perfectos"?

El Papa Francisco cita a San Ambrosio

En la nota 351 de Amoris laetitia se dice: 
Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» 
Es una cita de Evangelii Gaudium 47: 
La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. 
Este párrafo de EG tiene una nota que la fundamenta: 
Cf. San Ambrosio, De Sacramentis, IV, 28: «Tengo que recibirle siempre, para que siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio» 
Es un texto de San Ambrosio en comentario a 1 Co 11,26 citado en el Catecismo 1393. Es en este contexto que se entiende la frase: 
1393 La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que bebemos es "derramada por muchos para el perdón de los pecados". Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados: 
"Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor" (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28). 
1394 Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en él.
El texto también lo cita y comenta San Tomás (STh III,80,10):
En el uso de este sacramento pueden considerarse dos cosas: (1) por parte del sacramento mismo, cuya virtud es saludable para los hombres, por lo que es útil acercarse a él diariamente para recibir diariamente su fruto. Por eso dice San Ambrosio en su libro De Sacramentis: Si cada vez que se derrama la sangre de Cristo, se derrama para la remisión de los pecados, yo, que peco continuamente, debo recibirla siempre, siempre debo recibir la medicina. (2) por parte de quien lo recibe, del cual se requiere que se acerque a este sacramento con gran devoción y reverencia. Por lo que si uno se encuentra preparado para recibirle todos los días, es laudable que diariamente lo reciba. Por eso San Agustín, después de decir: Recibe lo que diariamente te aprovecha, añade: Vive de tal suerte que merezcas recibirlo todos los días. Pero, como en muchos hombres se presentan muchos obstáculos para esta devoción en muchas ocasiones, por indisposición del cuerpo o del alma, no es provechoso para todos los hombres acercarse todos los días a este sacramento, sino cuantas veces se encuentre uno preparado para ello. Por eso se dice en el libro De ecclesiasticis dogmatibus: Ni alabo ni vitupero el recibir todos los días la comunión de la eucaristía.

Conclusiones:

La Iglesia antigua está persuadida de que la Eucaristía perdona los pecados cotidianos. También el Concilio de Trento habla de la Eucaristía como antídoto por el que seamos liberados de las culpas cotidianas y preservados de los pecados graves:

Estando, pues, nuestro Salvador para partirse de este mundo a su Padre, instituyó este Sacramento, en el cual como que echó el resto de las riquezas de su divino amor para con los hombres dejándonos un monumento de sus maravillas, y mandándonos que al recibirle recordásemos con veneración su memoria, y anunciásemos su muerte hasta tanto que el mismo vuelva a juzgar al mundo. Quiso además que se recibiese este Sacramento como un manjar espiritual de las almas, con el que se alimenten y conforten los que viven por la vida del mismo Jesucristo, que dijo: Quien me come, vivirá por mí; y como un antídoto con que nos libremos de las culpas veniales, y nos preservemos de las mortales... [Concilio de Trento, Ses. 13ª., Decreto sobre la ss. Eucaristía, c.2]

La Eucaristía otorga el perdón de los pecados graves mediante la gracia y el don de la penitencia, la cual, según la doctrina del Concilio, incluye, por lo menos en deseo, la confesión sacramental:

Los que habiendo recibido la gracia de la justificación, la perdieron por el pecado, podrán otra vez justificarse por los méritos de Jesucristo, procurando, excitados con el auxilio divino, recobrar la gracia perdida, mediante el sacramento de la Penitencia. Este modo pues de justificación, es la reparación o restablecimiento del que ha caído en pecado; la misma que con mucha propiedad han llamado los santos Padres segunda tabla después del naufragio de la gracia que perdió. En efecto, por los que después del bautismo caen en el pecado, es por los que estableció Jesucristo el sacramento de la Penitencia, cuando dijo: Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonáreis los pecados, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que dejeis sin perdonar. Por esta causa se debe enseñar, que es mucha la diferencia que hay entre la penitencia del hombre cristiano después de su caída, y la del bautismo; pues aquella no sólo incluye la separación del pecado, y su detestación, o el corazón contrito y humillado; sino también la confesión sacramental de ellos, a lo menos en deseo para hacerla a su tiempo, y la absolución del sacerdote; y además de estas, la satisfacción por medio de ayunos, limosnas, oraciones y otros piadosos ejercicios de la vida espiritual... [Concilio de Trento, Ses. 6ª, Decreto sobre la justificación, c.14]

Esta fuerza de la Eucaristía para el perdón de los pecados cotidianos está fundada en que ella es la memoria, es decir, la nueva presencia sacramental (representación) del sacrificio, ofrecido una vez por todas, de Jesucristo, cuya sangre fue derramada para el perdón de los pecados (Mt 26, 28):

Por cuanto bajo el antiguo Testamento, como testifica el Apóstol san Pablo, no había consumación (o perfecta santidad), a causa de la debilidad del sacerdocio de Leví; fue conveniente, disponiéndolo así Dios, Padre de misericordias, que naciese otro sacerdote según el orden de Melquisedech, es a saber, nuestro Señor Jesucristo, que pudiese completar, y llevar a la perfección cuantas personas habían de ser santificadas. El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte; para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos... [Concilio de Trento, Ses. 22ª, Doctrina sobre el ss. sacrificio de la Misa, c.1]

[Fuente: La reconciliación y la penitencia]

1 sept. 2016

¿Qué significa para el Papa "integrar" a los divorciados en segunda unión? [Video]

Escuchemos al Papa Francisco en esta entrevista:


Simplifican y dicen: "ah, les van a dar la Comunión a los divorciados [en segunda unión]". Con eso no se soluciona nada. Lo que la Iglesia quiere es que vos te integres a la vida de la Iglesia. Pero hay algunos que dicen: “No. Yo quiero tomar la Comunión y ya está”. Una escarapela. Una honorificencia. No. O sea, reintegráte. (Papa Francisco)

26 ago. 2016

3 Obras de San Agustín para iluminar la pastoral familiar


Para leer la Exhortación Amoris Laetitia del Papa Francisco en perspectiva patrística, es necesario leer estas tres obras clásicas de San Agustín:

Sobre el matrimonio y la concupiscencia


La indisolubilidad del matrimonio

La unión que cristaliza en la promesa matrimonial para siempre, es más que una formalidad social o una tradición, porque arraiga en las inclinaciones espontáneas de la persona humana. Y, para los creyentes, es una alianza ante Dios que reclama fidelidad: «El Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo que era tu compañera, la mujer de tu alianza [...] No traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio» (Ml 2,14.15-16). (Papa Francisco, Amoris laetitia 123)
Ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad. (Papa Francisco, Amoris laetitia 52)
Ciertamente, a los esposos cristianos no se les recomienda sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole; ni sólo la pureza, cuyo vínculo es la fidelidad, sino también un cierto sacramento del matrimonio -por lo que dice el Apóstol: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia- (Ef 5,25). Sin duda, la res (virtud propia) del sacramento consiste en que el hombre y la mujer, unidos en matrimonio, perseveren unidos mientras vivan y que no sea lícita la separación de un cónyuge de otro, excepto por causa de fornicación (Cf Mt 5,32). De hecho, así sucede entre Cristo y la Iglesia, a saber, viviendo uno unido al otro no los separa ningún divorcio por toda la eternidad. En tan gran estima se tiene este sacramento en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo (Sal 47,2) -esto es, en la Iglesia de Cristo- por todos los esposos cristianos, que, sin duda, son miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se unan a los hombres y los hombres a las mujeres con el fin de procrear hijos, no es lícito abandonar a la consorte estéril para unirse a otra fecunda. Si alguno hiciese esto, sería reo de adulterio; no ante la ley de este mundo, donde, mediante el repudio, está permitido realizar otro matrimonio con otro cónyuge -según el Señor, el santo Moisés se lo permitió a los israelitas por la dureza de su corazón-, pero sí lo es para la ley del Evangelio. Lo mismo sucede con la mujer que se casara con otro (Cf Mt 19,8-9; Mc 10,12).

Hasta tal punto permanecen entre los esposos vivos los derechos del matrimonio una vez ratificados, que los cónyuges que se han separado el uno del otro siguen estando más unidos entre sí que con el que se han juntado posteriormente, pues no cometerían adulterio con otro si no permaneciesen unidos entre sí. A lo más, muerto el varón, con el que existía un auténtico matrimonio, podrá realizarse una verdadera unión con el que antes se vivía en adulterio. Por tanto, existe entre los cónyuges vivientes tal vínculo, que ni la separación ni la unión adúltera lo pueden romper. Pero permanece para el castigo del delito, no para el vínculo de la alianza, igual que el alma del apóstata, que se separa, por decirlo de alguna forma, del matrimonio con Cristo: por más que haya perdido la fe, no destruye el sacramento de la fe, que recibió con el baño de la regeneración. Sin duda, le sería devuelto al tornar, si lo hubiera perdido alejándose. Pero quien se haya separado lo tiene para aumento del suplicio, no para mérito del premio.

La degradación del matrimonio

El acompañamiento debe alentar a los esposos a ser generosos en la comunicación de la vida... Es preciso contrarrestar una mentalidad a menudo hostil a la vida (Papa Francisco, Amoris laetitia 222)
Sin embargo, una cosa es no unirse sino con la sola voluntad de engendrar, cosa que no tiene culpa, y otra apetecer en la unión, naturalmente con el propio cónyuge, el placer, cosa que tiene una culpa venial. Porque, aunque se unan sin intención de propagar la prole, por lo menos no se oponen a ella, a causa del placer, con un propósito ni con una acción mala. Pues los que hacen esto, aunque se llamen esposos, no lo son ni mantienen nada del verdadero matrimonio, sino que alargan este nombre honesto para velar las torpezas. Manifiestan abiertamente su malicia cuando llegan al extremo de abandonar a los hijos que les nacen contra su voluntad. No quieren alimentar o tener consigo a los hijos que temieron engendrar. De manera que, al mostrarse despiadados con los hijos engendrados contra sus deseos ocultos y nefandos, ponen de manifiesto toda su iniquidad, y con esta evidente crueldad descubren sus ocultas deshonestidades. A veces llega a tanto esta libidinosa crueldad o, si se quiere, libido cruel, que emplean drogas esterilizantes, y, si éstas resultan ineficaces, matan en el seno materno el feto concebido y lo arrojan fuera, prefiriendo que su prole se desvanezca antes de tener vida, o, si ya vivía en el útero, matarla antes de que nazca. Lo repito: si ambos son así, no son cónyuges, y, si se juntaron desde el principio con tal intención, no han celebrado un matrimonio, sino que han pactado un concubinato. Si los dos no son así, digo sin miedo que o ella es una prostituta del varón o él es un adúltero de la mujer.

Los tres bienes del matrimonio cristiano

Muchas parejas de esposos no pueden tener hijos. Sabemos lo mucho que se sufre por ello. Por otro lado, sabemos también que «el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación [...] Por ello, aunque la prole, tan deseada, muchas veces falte, el matrimonio, como amistad y comunión de la vida toda, sigue existiendo y conserva su valor e indisolubilidad» (Papa Francisco, Amoris laetitia 178)
Ahora bien, en el matrimonio se deben amar los bienes peculiares: la prole, la fidelidad, el sacramento. La prole no sólo para que nazca, sino para que renazca [por el bautismo], pues nace a la pena si no renace a la vida [por el bautismo]. La fidelidad no como la conservan los infieles, que sufren celos carnales; pues ¿qué hombre, por impío que sea, quiere una mujer adúltera? ¿O qué mujer, por impía que sea, quiere un marido adúltero? Tal fidelidad, en el matrimonio, es un bien natural, pero carnal. Por el contrario, el miembro de Cristo debe temer el adulterio del cónyuge por el mismo cónyuge, no por sí mismo, y ha de esperar del mismo Cristo el premio a la fidelidad conyugal que propone al cónyuge. En cuanto al sacramento -que no se destruye ni por el divorcio ni por el adulterio-, éste ha de ser guardado por los esposos casta y concordemente; es el único de los tres bienes que por derecho de religión mantiene indisoluble el matrimonio de los consortes estériles cuando ya han perdido enteramente la esperanza de tener hijos, por la que se casaron.

    Sobre las uniones adulterinas 

    CAPÍTULO VII: Separación paulina solo por adulterio

    Hay que alentar a las personas divorciadas que no se han vuelto a casar —que a menudo son testigos de la fidelidad matrimonial— a encontrar en la Eucaristía el alimento que las sostenga en su estado. (Papa Francisco, Amoris laeticia 242)
    Pero el bienaventurado Apóstol, o mejor, el Señor por medio del Apóstol, no permite que la mujer se separe de su marido no adúltero; luego solo queda el prohibir volver a casarse, si se separa, a la que permite separarse de un adúltero. Porque cuando se le dice que no vuelva a casarse, si se va, se le permite irse con esa condición: que no vuelva a casarse... Pero es culpable si se separa de su marido no adúltero, aunque permanezca soltera. Luego se manda que permanezca soltera al separarse a la que se separa de su marido adúltero.

    CAPÍTULO IX: Textos sinópticos sobre adulterio


    Marcos dice en su evangelio: todo el que abandonare a su mujer y se uniere con otra, comete adulterio sobre ella; y si la mujer abandonare a su marido y se uniere a otro, comete adulterio (Mc 10,11-12). Y Lucas escribe: todo el que deja a su mujer y se une con otra, comete adulterio; y el que se casa con la abandonada, comete adulterio (Lc 16,18). ¿Quiénes somos nosotros para decir: hay quien comete adulterio por abandonar a su mujer y casarse con otra y hay quien, haciendo eso mismo, no comete adulterio, cuando el Evangelio afirma que todo el que haga eso comete adulterio? Por lo tanto, si comete adulterio todo el que haga eso, esto es, todo el que abandone a su mujer y se case con otra, sin duda quedan comprendidos ambos, el que lo hace sin causa de adulterio y el que lo hace con esa causa. Eso es lo que significa quienquiera que abandonare, esto es, todo el que abandona.

      CAPÍTULO XII: El cónyuge adúltero abandonado no deja de ser cónyuge


      ¿Cómo será verdad lo que el evangelio según Lucas pone a continuación: comete adulterio quien se casa con la mujer abandonada por su marido? (Lc 16,18) ¿Por qué comete adulterio sino porque esa mujer es mujer ajena mientras viva el que la abandonó? Porque no comete adulterio el que se une a su mujer propia. Luego, si comete adulterio, la mujer es ajena. Y si es ajena, es de aquel que la abandonó, pues, aunque la haya abandonado por causa de adulterio, no ha dejado de ser su mujer. Si hubiese cesado de ser su mujer, sería ya del otro que la tomó; y si era de éste, no sería ya él adúltero, sino marido, mientras que la Escritura le llama adúltero y no marido; luego es todavía del otro que la abandonó por causa de adulterio. De donde se sigue que es adúltera toda mujer que se une al que abandonó a su esposa, pues se une con el marido ajeno. Y si consta que es adúltera esa mujer que él toma, no puede dejar de ser adúltero él mismo.

      CAPÍTULO XVIII: permisión cristiana de matrimonio dispar

      El número de familias compuestas por uniones conyugales con disparidad de culto, en aumento en los territorios de misión, e incluso en países de larga tradición cristiana, requiere urgentemente una atención pastoral diferenciada en función de los diversos contextos sociales y culturales. (Papa Francisco, Amoris laetitia 248)
      Es posible que uno de los dos cónyuges no sea bautizado, o que no quiera vivir los compromisos de la fe. En ese caso, el deseo del otro de vivir y crecer como cristiano hace que la indiferencia de ese cónyuge sea vivida con dolor. (Papa Francisco, Amoris laetitia 228)
      Cuando el Evangelio comenzó a predicarse a los gentiles, encontró a los gentiles mezclados; si creía tan solo uno de los cónyuges, pero el no cristiano consentía en cohabitar con el cristiano, no debía prohibirse al cristiano de parte de Dios abandonar al gentil, pero tampoco debía obligársele a ello. No debía prohibirse, porque la justicia permite separarse del adúltero, y el adulterio del gentil es mayor en su corazón, y no puede hablarse de su pureza con el otro cónyuge cuando está escrito: todo lo que no proceda de la fe, es pecado (Rm 14,23). Con todo, es verdadera la pureza del cónyuge cristiano con el pagano, aunque la de éste no sea verdadera. Tampoco debió imponerse la separación entre cristiano y no cristiano, pues cuando ambos cónyuges gentiles se unieron, no obraron contra el precepto del Señor.
      [...]

      Una cosa es el imperio del Señor que manda, y otra el consejo fiel de un consiervo según la misericordia caritativa que el Señor le ha inspirado y otorgado. Allí no es lícito hacer otra cosa. Aquí, sí, porque lo lícito, a veces, puede ser conveniente y, a veces, inconveniente. Es conveniente cuando lo permite no solo la justicia delante de Dios, sino que a ningún hombre se pone obstáculo para la salvación. Así, por ejemplo, el Apóstol aconseja a la virgen que no se case, pues sobre ese punto declara que no tiene precepto del Señor; es lícita otra cosa, esto es, casarse y contentarse con el bien de las nupcias, aunque sea inferior al de la continencia; y además de lícito, es conveniente, porque en la honestidad del matrimonio se encauza la flaqueza de la carne, que iba a deslizarse a lo prohibido e ilícito, de manera que a nadie se impide la salvación; más conveniente sería y más honesto que la virgen tomase el consejo sin que la obligase un precepto. En cambio, es inconveniente lo lícito cuando está permitido, pero el ejercicio de esa permisión trae a otros un impedimento de salvación. Así, por ejemplo, esta separación de cónyuges, cristiano y gentil, de la que tanto hemos hablado. El Señor no la prohíbe por un precepto de la ley, porque en su divina presencia la separación no es injusta; pero la prohíbe el Apóstol con un consejo de caridad, porque acarrea a los gentiles un impedimento de salvación; no solo porque se les escandaliza ruinosamente al hacer que se sientan ofendidos, sino también porque, una vez abandonados, esos cónyuges paganos contraen, en vida de los que los han abandonado, otras uniones adulterinas, que con muchísima dificultad se rompen.

      CAPÍTULO XIX: El consejo de no abandonar al cónyuge gentil se ordena a la conveniencia


      Cuando lo lícito es inconveniente, no puede decirse: si abandona al gentil, obra bien; y si no lo abandona, obra mejor, como se dijo: quien casa a su hija, obra bien; y quien no la casa, obra mejor (1Co 7,38). Aquí ambas cosas son lícitas, puesto que ningún precepto del Señor obliga a adoptar una alternativa, y son también convenientes, aunque una más y otra menos; por eso, el consejo del Apóstol invita a los que pueden comprender a seguir lo más conveniente. Cuando se trata de romper o no romper el matrimonio con el no cristiano, ambas cosas son también lícitas en cuanto a la justicia delante de Dios, y por eso el Señor no prohíbe ninguna de las dos alternativas; pero no son ambas convenientes por la flaqueza de los hombres; y por eso el Apóstol prohíbe la que es inconveniente. El Señor le da libertad para prohibirlo, puesto que ni el Señor prohíbe lo que aconseja el Apóstol ni el Señor manda lo que el Apóstol prohíbe. Si no fuese así, ni el Apóstol aconsejaría nada contra la prohibición del Señor ni prohibiría nada contra el mandato del mismo. Vemos, pues, que en esas dos causas, la de casarse o no casarse y la de abandonar o no abandonar al cónyuge gentil, hay en las palabras del Apóstol algo de semejante y también de desemejante. Semejante en lo que allí dice: no tengo precepto del Señor, pero yo doy consejo (1Co 7,25), y lo que dice aquí: digo yo, no el Señor. Tanto vale el no tengo precepto del Señor como el no dice el Señor (1Co 7,12). Y tanto vale el consejo doy como el digo yo. Pero también hay algo que es desemejante; cuando se trata de casarse o no casarse, puede decirse: esto está bien hecho, aquello mejor, porque ambas cosas son convenientes, una más y otra menos. En cambio, cuando se trata de abandonar o no abandonar al cónyuge infiel, un extremo es conveniente, y el otro inconveniente, y por eso no puede decir: quien abandona, obra bien; y quien no abandona, obra mejor; sino que debe decir: no abandone, porque, aunque es lícito, no es conveniente. En este sentido, podemos decir que es mejor no abandonar al cónyuge no cristiano, aunque es lícito abandonarlo, puesto que decimos rectamente que lo que es lícito y conveniente es mejor que lo que es lícito pero inconveniente.

      CAPÍTULO XXI: El consejo paulino se refiere al matrimonio dispar advenido

      Atiende y planteemos este asunto en palabras más claras como para considerarlo ante nuestros mismos ojos. He aquí dos cónyuges de una misma paganidad. Así eran cuando contrajeron matrimonio. Aquí no se da ese problema, que pertenece al mandato del Señor, a la doctrina apostólica y al precepto del Antiguo y Nuevo Testamento, por el que se prohíbe al cristiano contraer matrimonio con el pagano. Ya están casados y ambos son paganos; lo son como lo eran antes de contraer y cuando contrajeron. Llega un predicador del Evangelio, y uno de los cónyuges se hace cristiano, pero de modo que la parte pagana consiente en la cohabitación con la parte cristiana. ¿Manda el Señor que el cristiano abandone al no cristiano o no lo manda? Si dices que lo manda, reclama el Apóstol: lo digo yo, no el Señor. Si dices que no lo manda, te pregunto la causa. Y no me darás aquella respuesta que pones en tu escrito: "Porque el Señor prohíbe que los cristianos contraigan con los no cristianos". Ya ves que aquí no se trata de eso; hablamos de los que ya han contraído, no de los que van a contraer. Si tú no hallas la causa de que no prohíba el Señor lo que prohíbe el Apóstol, por lo menos ya ves, a mi juicio, que no es la que tú pensabas. Mira, si es quizá la que me pareció a mí, la que entonces propuse y ahora defiendo, a saber: hemos de entender que el Señor dice lo que propone la justicia, que ante Dios no puede ser violada, esto es, lo que manda o prohíbe, de manera que no sea lícito en absoluto hacer otra cosa; en cambio, lo que deja a discreción del agente, de modo que no sea ilícito el hacerlo ni el omitirlo, eso lo deja al consejo de sus siervos para que ellos aconsejen lo que estimen conveniente.

      Póngase aquí el primero y principal empeño en no cometer cosas ilícitas. Pero cuando algo es lícito, de modo que el hacer lo contrario no sea ilícito, hágase lo que conviene o lo que más conviene. Porque las cosas que el Señor manda como Señor, esto es, no con el consejo de quien amonesta, sino con el imperio de quien domina, no es lícito, ni, por ende, conveniente, el no hacerlas. Así, Dios mandó: que la mujer no se separe del marido; que, si se apartare (por la única causa que hace lícita la separación), se quede soltera o se reconcilie con su marido (1Co 7,10-11). Porque la mujer casada, mientras viva el marido, está ligada con la ley. Además, viviendo su marido, será llamada adúltera si se va con otro marido (Rm 7,2-3). Porque la mujer está ligada mientras su marido vive (1Co 7,39). Por donde, si la mujer deja a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10,12); y el que se casa con la abandonada, comete adulterio (Mt 19,9). De donde se sigue por el mismo precepto del Señor: y el varón no abandone a su esposa (1Co 7,11), porque el que repudia a su esposa, fuera del caso de fornicación, la induce a adulterio (Mt 5,32). Y si la abandonare por esa causa, permanezca como está, ya que todo el que abandona a su mujer, y toma otra, comete adulterio (Lc 16,18).

      17 jun. 2016

      No es verdad que el Papa Francisco cambio la norma sobre quienes no pueden comulgar


      Libertad y responsabilidad

      Con respecto a estos condicionamientos, el Catecismo de la Iglesia Católica se expresa de una manera contundente: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales»[N. 1735] -Papa Francisco, AL 302.

      La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales. -Catecismo, 1735
      Todo acto directamente querido es imputable a su autor:
      Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: ‘¿Qué has hecho?’ (Gn 3,13). Igualmente a Caín (cf Gn 4, 10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste (cf 2 S 12, 7-15). -Catecismo, 1736

      El misterio del pecado

      En otro párrafo se refiere nuevamente a circunstancias que atenúan la responsabilidad moral, y menciona, con gran amplitud, «la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales»[Catecismo de la Iglesia Católica, 2352; cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II. Juan Pablo II, criticando la categoría de «opción fundamental», reconocía que «sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador»: Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17]. -Papa Francisco, AL 302.

      Las ofensas a la castidad
      La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión. -Catecismo, 2351
      Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”. “El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine”. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de “la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 9).
      Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o  tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral. -Catecismo, 2352
      La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. -Catecismo, 2353

      Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza tradicional de la Iglesia, reafirmada con frecuencia y con vigor durante el reciente Sínodo. En efecto, éste no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el Concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales [Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión VI, De iustificatione cap. 2 y cann. 23, 25, 27], sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es un deber añadir —como se ha hecho también en el Sínodo— que algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave [Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Sesión VI De iustificatione cap. XV]. -Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia 17.
      Se ha de tener también por cierto, contra los astutos ingenios de algunos que seducen con dulces palabras y bendiciones los corazones inocentes, que la gracia que se ha recibido en la justificación, se pierde no solamente con la infidelidad, por la que perece aún la misma fe, sino también con cualquiera otro pecado mortal, aunque la fe se conserve: defendiendo en esto la doctrina de la divina ley, que excluye del reino de Dios, no sólo los infieles, sino también los fieles que caen en la fornicación, los adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, vinosos, maldicientes, arrebatadores, y todos los demás que caen en pecados mortales; pues pueden abstenerse de ellos con el auxilio de la divina gracia, y quedan por ellos separados de la gracia de Cristo. -De iustificatione XV.
      Durante la asamblea sinodal algunos Padres propusieron una triple distinción de los pecados, que podrían clasificarse en veniales, graves y mortales. Esta triple distinción podría poner de relieve el hecho de que existe una gradación en los pecados graves. Pero queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia.
      Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de «opción fundamental» —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede pues ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal.
      Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el misterio psicológico y teológico del pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el deber de recordar a todos los estudiosos de esta materia, por un lado, la necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar más aún, en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado. -Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia 17.

      La participación en la Santísima Eucaristía

      Por esta razón, un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada [Cf. Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar (24 junio 2000), 2.] -Papa Francisco, AL 302.

      Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cfr. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.
      La fórmula «y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son:
      a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva […]. -PCTL, Declaración del 24 junio de 2000, 2.


      No deben ser admitidos a la sagrada comunión:
      • los excomulgados 
      • y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, 
      • y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave (mortal). -Código de Derecho Canónico, 915.
      Las leyes eclesiásticas deben entenderse según el significado propio de las palabras, considerado en el texto y en el contexto; si resulta dudoso y obscuro se ha de recurrir a los lugares paralelos, cuando los haya, al fin y circunstancias de la ley y a la intención del legislador. -Código de Derecho Canónico, 17.

      [Fuente]

      Cada matrimonio va por el camino del amor que Cristo tiene con la Iglesia (Papa Francisco)


      Sigamos estudiando la Exhortación del Papa Francisco desde sus citas.

      Jesús recupera y lleva a su plenitud el proyecto divino

      Los Padres sinodales recordaron que Jesús «refiriéndose al designio primigenio sobre el hombre y la mujer, reafirma la unión indisoluble entre ellos, si bien diciendo que “por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así” (Mt 19,8). La indisolubilidad del matrimonio —“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6)— no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los hombres sino como un “don” hecho a las personas unidas en matrimonio [...] La condescendencia divina acompaña siempre el camino humano, sana y transforma el corazón endurecido con su gracia, orientándolo hacia su principio, a través del camino de la cruz. De los Evangelios emerge claramente el ejemplo de Jesús, que [...] anunció el mensaje concerniente al significado del matrimonio como plenitud de la revelación que recupera el proyecto originario de Dios (cf. Mt 19,3)»[Relatio synodi 2014, 14]. -Papa Francisco, AL 62.

      Este punto de la Relatio synodi que cita el Papa, concluye así:
      Sin embargo, al mismo tiempo puso en práctica la doctrina enseñada, manifestando así el verdadero significado de la misericordia. Esto se ve claramente en los encuentros con la samaritana (cfr. Jn 4,1-30) y con la adultera (cfr. Jn 8,1-11) en los que Jesús, con una actitud de amor hacia la persona pecadora, lleva al arrepentimiento y a la conversión («Anda, y en adelante no peques más»), condición para el perdón.

      El sacramento del matrimonio

      «El don recíproco constitutivo del matrimonio sacramental arraiga en la gracia del bautismo, que establece la alianza fundamental de toda persona con Cristo en la Iglesia. En la acogida mutua, y con la gracia de Cristo, los novios se prometen entrega total, fidelidad y apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso, en su nombre y frente a la Iglesia. Ahora bien, la fe permite asumir los bienes del matrimonio como compromisos que se pueden sostener mejor mediante la ayuda de la gracia del sacramento [...] Por lo tanto, la mirada de la Iglesia se dirige a los esposos como al corazón de toda la familia, que a su vez dirige su mirada hacia Jesús»[Relatio synodi 2014, 21].
      El sacramento no es una «cosa» o una «fuerza», porque en realidad Cristo mismo «mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (cf. Gaudium et spes, 48). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros»[Catecismo de la Iglesia Católica, 1642]. -Papa Francisco, AL 73.

      En el Catecismo la frase completa es así:
      Permanece con ellos, les da la fuerza de segurirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar "sometidos unos a otros en el temor de Cristo" (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo.
      En ese número del Catecismo se nos pide confrontar, buscar el contexto de esta frase en la Constitución Gaudium et Spes:
      Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios. -Concilio Vaticano II, GS 48.
      Volvemos:
      El matrimonio cristiano es un signo que no sólo indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la Alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos. Al unirse ellos en una sola carne, representan el desposorio del Hijo de Dios con la naturaleza humana. Por eso «en las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero»[Catecismo de la Iglesia Católica, 1642].
      Aunque «la analogía entre la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia» es una «analogía imperfecta»[Catequesis (6 mayo 2015)], invita a invocar al Señor para que derrame su propio amor en los límites de las relaciones conyugales. -Papa Francisco, AL 73.

      Pongamos la cita la Catequesis del Papa Francisco en su contexto:
      El matrimonio cristiano es un sacramento que tiene lugar en la Iglesia, y que también hace la Iglesia, dando inicio a una nueva comunidad familiar.
      Es lo que el apóstol Pablo resume en su célebre expresión: «Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32). Inspirado por el Espíritu Santo, Pablo afirma que el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. Una dignidad impensable. Pero en realidad está inscrita en el designio creador de Dios, y con la gracia de Cristo innumerables parejas cristianas, incluso con sus límites, sus pecados, la hicieron realidad.
      San Pablo, al hablar de la vida nueva en Cristo, dice que los cristianos —todos— están llamados a amarse como Cristo los amó, es decir «sumisos unos a otros» (Ef 5, 21), que significa los unos al servicio de los otros. Y aquí introduce la analogía entre la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia. Está claro que se trata de una analogía imperfecta, pero tenemos que captar el sentido espiritual que es altísimo y revolucionario, y al mismo tiempo sencillo, al alcance de cada hombre y mujer que confían en la gracia de Dios.
      El marido —dice Pablo— debe amar a la mujer «como cuerpo suyo» (Ef 5, 28); amarla como Cristo «amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (cf. v. 25-26). Vosotros maridos que estáis aquí presentes, ¿entendéis esto? ¿Amáis a vuestra esposa como Cristo ama a la Iglesia? Esto no es broma, son cosas serias. El efecto de este radicalismo de la entrega que se le pide al hombre, por el amor y la dignidad de la mujer, siguiendo el ejemplo de Cristo, tuvo que haber sido enorme en la comunidad cristiana misma.
      Esta semilla de la novedad evangélica, que restablece la originaria reciprocidad de la entrega y del respeto, fue madurando lentamente en la historia, y al final predominó.
      El sacramento del matrimonio es un gran acto de fe y de amor: testimonia la valentía de creer en la belleza del acto creador de Dios y de vivir ese amor que impulsa a ir cada vez más allá, más allá de sí mismo y también más allá de la familia misma. La vocación cristiana a amar sin reservas y sin medida es lo que, con la gracia de Cristo, está en la base también del libre consentimiento que constituye el matrimonio.
      La Iglesia misma está plenamente implicada en la historia de cada matrimonio cristiano: se edifica con sus logros y sufre con sus fracasos. Pero tenemos que preguntarnos con seriedad: ¿aceptamos hasta las últimas consecuencias, nosotros mismos, como creyentes y como pastores también este vínculo indisoluble de la historia de Cristo y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana? ¿Estamos dispuestos a asumir seriamente esta responsabilidad, es decir, que cada matrimonio va por el camino del amor que Cristo tiene con la Iglesia? ¡Esto es muy grande! ...
      La ruta está de este modo marcada para siempre, es la ruta del amor: se ama como ama Dios, para siempre. Cristo no cesa de cuidar a la Iglesia: la ama siempre, la cuida siempre, como a sí mismo. Cristo no cesa de quitar del rostro humano las manchas y las arrugas de todo tipo. Es conmovedora y muy bella esta irradiación de la fuerza y de la ternura de Dios que se transmite de pareja a pareja, de familia a familia. Tiene razón san Pablo: esto es precisamente un «gran misterio». ..

      Transmisión de la vida y educación de los hijos

      El matrimonio es en primer lugar una «íntima comunidad conyugal de vida y amor»[Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 48], que constituye un bien para los mismos esposos[Cf . Código de Derecho Canónico, c. 1055 § 1], y la sexualidad «está ordenada al amor conyugal del hombre y la mujer»[Catecismo de la Iglesia Católica, 2360]. -Papa Francisco, AL 80.

      Veamos el Contexto de estas tres afirmaciones:
      Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. -Concilio Vaticano II, GS 48.
      La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.
      -Código de Derecho Canónico 1055  § 1.   
      La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento. -Catecismo de la Iglesia Católica 2360.
      Por eso, también «los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente»[Catecismo de la Iglesia Católica, 1654]. -Papa Francisco, AL 80.

      Ampliamos la cita del Catecismo:
      Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.
      No obstante, esta unión está ordenada a la generación «por su propio carácter natural»[Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 48]. -Papa Francisco, AL 80.

      Expandimos la Cita del Concilio Vaticano II:
      Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

      La Iglesia en favor de la vida

      El niño que llega «no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento»[Catecismo de la Iglesia Católica, 2366]. -Papa Francisco, AL 80. 

      Ampliamos ese número del Catecismo:
      La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que ‘está en favor de la vida’ (FC 30), enseña que todo ‘acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida’ (HV 11).


      ‘Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador’ (HV 12; cf Pío XI, enc. "Casti connubii").

      Principios doctrinales

      No aparece como el final de un proceso, sino que está presente desde el inicio del amor como una característica esencial que no puede ser negada sin mutilar al mismo amor. Desde el comienzo, el amor rechaza todo impulso de cerrarse en sí mismo, y se abre a una fecundidad que lo prolonga más allá de su propia existencia. Entonces, ningún acto genital de los esposos puede negar este significado [Cf. Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae, 11-12], aunque por diversas razones no siempre pueda de hecho engendrar una nueva vida. -Papa Francisco, AL 80.

      Habiendo visto antes el punto 2366 del Catecismo, salta a la vista porqué el Papa Francisco manda a leer la Humanae Vitae 11-12. La reproducimos por completo entonces:
      Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos" [Gaudium et Spes, n. 49, 2o] , y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida [Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii]. -HV 11
      Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.
      Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental. -HV 12

      Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el sacramento del matrimonio

      El himno de san Pablo, que hemos recorrido, nos permite dar paso a la caridad conyugal. Es el amor que une a los esposos[Santo Tomás de Aquino entiende el amor como « fuerza unitiva» (Summa Theologiae I, q. 20, a. 1, ad 3), retomando una expresión de Dionisio Ps. Areopagita (De divinis nominibus, 4, 12)], santificado, enriquecido e iluminado por la gracia del sacramento del matrimonio. Es una «unión afectiva» [Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 2], espiritual y oblativa, pero que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten. El Papa Pío XI enseñaba que ese amor permea todos los deberes de la vida conyugal y «tiene cierto principado de nobleza» [Carta enc. Casti connubii, 9]. -Papa Francisco, AL 80.

      Ampliemos esta última cita:
      Esta que llama, con mucha propiedad, San Agustín, fidelidad en la castidad, florece más fácil y mucho más agradable y noblemente, considerado otro motivo importantísimo, a saber: el amor conyugal, que penetra todos los deberes de la vida de los esposos y tiene cierto principado de nobleza en el matrimonio cristiano: «Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo, puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el Apóstol cuando dijo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia" [Ef. 5, 25; cf. Col. 3, 19. ], y cierto que El la amó con aquella su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la Esposa» [Catech. Rom. 2, 8, 24. ].


      Amor, decimos, que no se funda solamente en el apetito carnal, fugaz y perecedero, ni en palabras regaladas, sino en el afecto íntimo del alma y que se comprueba con las obras, puesto que, como suele decirse, obras son amores y no buenas razones [Cf. S. Greg. M. Homil. 30 in Evang. (Jn. 14, 23-31), n. 1].
      Retomamos:
      Porque ese amor fuerte, derramado por el Espíritu Santo, es reflejo de la Alianza inquebrantable entre Cristo y la humanidad que culminó en la entrega hasta el fin, en la cruz: «El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal» [Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio, 13]. -Papa Francisco, AL 120.

      La cita completa de Juan Pablo II es:
      La comunión entre Dios y los hombres halla su cumplimiento definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama y se da como Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
      Él revela la verdad original del matrimonio, la verdad del «principio» ( Cfr. Gén 2, 24; Mt 19, 5) y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente.
      Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación; (Cfr. Ef 5, 32 s) el matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz.

      Alegría y belleza

      En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor. Cuando la búsqueda del placer es obsesiva, nos encierra en una sola cosa y nos incapacita para encontrar otro tipo de satisfacciones. La alegría, en cambio, amplía la capacidad de gozar y nos permite encontrar gusto en realidades variadas, aun en las etapas de la vida donde el placer se apaga. Por eso decía santo Tomás que se usa la palabra «alegría» para referirse a la dilatación de la amplitud del corazón [Cf. Summa Theologiae I-II, q. 31, a. 3, ad 3].
      La alegría matrimonial, que puede vivirse aun en medio del dolor, implica aceptar que el matrimonio es una necesaria combinación de gozos y de esfuerzos, de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de liberaciones, de satisfacciones y de búsquedas, de molestias y de placeres, siempre en el camino de la amistad, que mueve a los esposos a cuidarse: «se prestan mutuamente ayuda y servicio» [Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 48]. -Papa Francisco, AL 126.

      Ampliamos la cita de ese número del Concilio Vaticano II:
      De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

      Amor apasionado

      El Concilio Vaticano II enseña que este amor conyugal «abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, puede enriquecer con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu, y ennoblecerlas como signos especiales de la amistad conyugal»[Const. past. Gaudium et spes, 49]. -Papa Francisco, AL 142.

      Expandimos la cita del Concilio Vaticano II:
      Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
      Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluído de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.

      Dimensión erótica del amor

      A quienes temen que en la educación de las pasiones y de la sexualidad se perjudique la espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo II les respondía que el ser humano «está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones», que «es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón» [Catequesis (12 noviembre 1980), 2].
      Es algo que se conquista, ya que todo ser humano «debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo» [Ibíd., 4].
      La sexualidad no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor. Así, «el corazón humano se hace partícipe, por decirlo así, de otra espontaneidad» [Ibíd., 5].
      En este contexto, el erotismo aparece como manifestación específicamente humana de la sexualidad. En él se puede encontrar «el significado esponsalicio del cuerpo y la auténtica dignidad del don» [Ibíd., 1]. -Papa Francisco, AL 151.

      Ampliamos la cita de la Catequesis de Juan Pablo II:
      Ahora bien: si el hombre quiere responder a la llamada expresada por Mateo 5, 27-28, debe aprender con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo, el significado de la feminidad y de la masculinidad. Debe aprenderlo no sólo a través de una abstracción objetivizante (aunque también esto sea necesario), sino sobre todo en la esfera de las reacciones interiores del propio "corazón". Esta es una "ciencia" que de hecho no puede aprenderse sólo en los libros, porque se trata aquí en primer lugar del "conocimiento" profundo de la interioridad humana. En el ámbito de este conocimiento, el hombre aprende a discernir entre lo que, por una parte, compone la multiforme riqueza de la masculinidad y feminidad en los signos que provienen de su perenne llamada y atracción creadora, y lo que, por otra parte, lleva sólo el signo de la concupiscencia. Y aunque estas variantes y matices de los movimientos internos del "corazón", dentro de un cierto límite, se confundan entre sí, sin embargo, se dice que el hombre interior ha sido llamado por Cristo a adquirir una valoración madura y perfecta que lo lleve a disentir y juzgar los varios motivos de su mismo corazón. Y es necesario añadir que esta tarea se puede realizar y es verdaderamente digna del hombre.
      Efectivamente, el discernimiento del que estamos hablando está en una relación esencial con la espontaneidad. La estructura subjetiva del hombre demuestra, en este campo, una riqueza específica y una diferenciación clara. Por consiguiente, una cosa es, por ejemplo, una complacencia noble, y otra, en cambio, el deseo sexual; cuando el deseo sexual se une con una complacencia noble, es diverso de un mero y simple deseo. Análogamente, por lo que se refiere a la esfera de las reacciones inmediatas del "corazón", la excitación sensual es bien distinta de la emoción profunda, con que no sólo la sensibilidad interior, sino la misma sexualidad reacciona en la expresión integral de la feminidad y de la masculinidad. No se puede desarrollar aquí más ampliamente este tema. Pero es cierto que, si afirmamos que las palabras de Cristo según Mateo 5, 27-28 son rigurosas, lo son también en el sentido de que contienen en sí las exigencias profundas relativas a la espontaneidad humana. -n. 4
      No puede haber esta espontaneidad en todos los movimientos e impulsos que nacen de la mera concupiscencia carnal, carente en realidad de una opción y de una jerarquía adecuada. Precisamente a precio del dominio sobre ellos el hombre alcanza esa espontaneidad más profunda y madura con la que su "corazón", adueñándose de los instintos, descubre de nuevo la belleza espiritual del signo constituido por el cuerpo humano en su masculinidad y feminidad. En cuanto que este descubrimiento se consolida en la conciencia como convicción y en la voluntad como orientación, tanto en las posibles opciones como de los simples deseos, el corazón humano se hace partícipe, por decirlo así, de otra espontaneidad, de la que nada, o poquísimo, sabe el "hombre carnal". No cabe la menor duda de que, mediante las palabras de Cristo según Mateo 5, 27-28, estamos llamados precisamente a esta espontaneidad. Y quizá la esfera más importante de la "praxis" —relativa a los actos más "interiores"— es precisamente la que marca gradualmente el camino hacia dicha espontaneidad. -n. 5

      Testimonio del matrimonio cristiano

      Hoy, la secularización ha desdibujado el valor de una unión para toda la vida y ha debilitado la riqueza de la entrega matrimonial, por lo cual «es preciso profundizar en los aspectos positivos del amor conyugal»[Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y uniones de hecho (26 julio 2000), 40]. -Papa Francisco, AL 162.

      Ampliando la cita del documento del PCF:
      Los esfuerzos por obtener una legislación favorable de las uniones de hecho en muchísimos países de antigua tradición cristiana crea no poco preocupación entre pastores y fieles. Podría parecer que muchas veces no se sabe qué respuesta dar a este fenómeno y la reacción es meramente defensiva, pudiendo darse la impresión de que la Iglesia simplemente quiere mantener el statu quo, como si la familia matrimonial fuera simplemente el modelo cultural (un modelo «tradicional») de la Iglesia que se quiere conservar a pesar de las grandes transformaciones de nuestra época.  
      Ante ello, es preciso profundizar en los aspectos positivos del amor conyugal de modo que sea posible volver a inculturar la verdad del Evangelio, de modo análogo a como lo hicieron los cristianos de los primeros siglos de nuestra era. El sujeto privilegiado de esta nueva evangelización de la familia son las familias cristianas, porque son ellas, sujetos de evangelización, las primeras evangelizadoras de la «buena noticia» del «amor hermoso»[Juan Pablo II, Carta Ap. Gratissimam sane (Carta a las Familias), n. 20] no sólo con su palabra sino, sobre todo, con su testimonio personal. Es urgente redescubrir el valor social de la maravilla del amor conyugal, puesto que el fenómeno de las uniones de hecho no está al margen de los factores ideológicos que la oscurecen, y que corresponden a una concepción errada de la sexualidad humana y de la relación hombre-mujer. De aquí la trascendental importancia de la vida de gracia en Cristo de los matrimonios cristianos: «También la familia cristiana está inserta en la Iglesia, pueblo sacerdotal, mediante el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y de la que se alimenta, es vivificada continuamente por el Señor y es llamada e invitada al diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la propia vida y la oración. Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las realidades cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera la familia cristiana es llamada a santificarse y santificar a la comunidad eclesial y al mundo»[Juan Pablo II, Ex. Ap. Familiaris consortio, n. 55]. 

      La familia en la doctrina cristiana

      Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas AL situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición»[Relación final 2015, 51]. -Papa Francisco, AL 296. 

      Expandimos la cita de la Relación Final del Sínodo 2015:
      Con íntimo gozo y profundo consuelo, la Iglesia mira a las familias que permanecen fieles a las enseñanzas del Evangelio, agradeciéndoles y estimulándolas por el testimonio que ofrecen. Gracias a ellas se hace creíble la belleza del matrimonio indisoluble y fiel para siempre. En la familia madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja, por gracia, el misterio de amor de la Santa Trinidad. «Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida» (CIC, 1657).
      El Evangelio de la familia alimenta también esas semillas que todavía esperan madurar, y tiene que hacerse cargo de los árboles que han perdido vitalidad y necesitan que no se les descuide (cf. Lc 13,6-9). La Iglesia, como maestra segura y madre atenta, aunque reconoce que para los bautizados no hay otro vínculo nupcial que no sea el sacramental, y que toda ruptura de éste va contra la voluntad de Dios, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos, que experimentan el cansancio en el camino de la fe.
      «Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día [Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio, 34]. […] Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas» (EG, 44).
      Esta verdad y belleza debe ser salvaguardada. Frente a situaciones difíciles y familias heridas, siempre es necesario recordar un principio general: «Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones» (FC, 84).
      El grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión. Por lo tanto, al mismo tiempo que la doctrina se expresa con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición.
      Ampliamos la Cita de la Exhortación de Juan Pablo II:
      Es siempre muy importante poseer una recta concepción del orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta, cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para respetarlos. El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su felicidad. Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento. También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados a un continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de conocer cada vez mejor los valores que la ley divina tutela y promueve, y por la voluntad recta y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas. Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades.


      El designio de Dios sobre el matrimonio y la familia

      En el matrimonio se vive también el sentido de pertenecer por completo sólo a una persona. Los esposos asumen el desafío y el anhelo de envejecer y desgastarse juntos y así reflejan la fidelidad de Dios. Esta firme decisión, que marca un estilo de vida, es una «exigencia interior del pacto de amor conyugal» [Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio, 11], porque «quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día» [Juan Pablo II, Homilía en la Eucaristía celebrada para las familias en Córdoba, Argentina (8 abril 1987), 4]. -Papa Francisco, AL 319. 

      Expandimos la cita de la Familiaris Consortio:
      El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo, (Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Gaudium et spes, 48) que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.
      Y en la Homilía citada de Juan Pablo II dice:
      Hay quienes se atreven a negar, e incluso a ridiculizar, la idea de un compromiso fiel para toda la vida. Esas personas –podéis estar bien seguros– desgraciadamente no saben lo que es amar: quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día. El amor verdadero –a semejanza de Cristo– supone plena donación, no egoísmo; busca siempre el bien del amado, no la propia satisfacción egoísta.
      No admitir que el amor conyugal puede y exige durar hasta la muerte, supone negar la capacidad de autodonación plena y definitiva; equivale a negar lo más profundamente humano: la libertad y la espiritualidad. Pero desconocer esas realidades humanas significa contribuir a socavar los fundamentos de la sociedad: ¿Por que, en esa hipótesis, se podría continuar exigiendo al hombre la lealtad a la patria, a los compromisos laborales, al cumplimiento de leyes y contratos? Nada tiene de extraño que la difusión del divorcio en una sociedad vaya acompañado de una disminución de la moralidad pública en todos los sectores.
      [Fuente]